El escritor de vivencias gays más leído del mundo regresa para traernos DONDES ESTÁS CORAZÓN, una tierna crónica de la bísqueda del amor gay y los tropiezos por hallarlo. Con el humor, la ternura y el estilo único que JUAN DIEGO utiliza, les brindamos esta entrega… No hay que no vaya a identificarse…
Tenía nueve años cuando hice la primera comunión. Fue un día especial. Me sentí el centro del mundo, el pequeño cristiano más importante de la galaxia, querido por todos, protegido por Dios, casi invencible… Han pasado muchos años y no he vuelto ha sentirme así. No se porqué, siempre he ligado la sensación linda de la primera comunión con la linda sensación de sentirme amado y de amar. De sentir los besos como hostias que fortalecen, de sentirme el centro de algún mundo, la persona más importante de alguna galaxia creada para mí, protegido, casi invencible… Si, suena cursi, quizá ridículo para algunos, baratamente romántico para otros. No obstante, es verdad, y la verdad quiero volver a hacer la primera comunión (aunque ya no sea la primera) como hizo ayer mi sobrina a sus nueve años. La enana estaba feliz. Pero el único demente obsesionado con insistir en que éste había sido ‘el día más especial de su existencia’ era yo. La niña que parece una anciana sabia, me hizo sentir verdaderamente ridículo, baratamente romántico, porque me aclaró segura, que ‘el día más especial de su vida sería el de su matrimonio’. Sentí que añoraba tanto la primera comunión, porque el día más especial de mi vida, el de mi matrimonio o de algo similar, probablemente nunca llegaría… Lo de Leonel y su amante heterosexual me dejó con la cabeza llena de preguntas. El llanto de ayer de Omar, esta vez por un mozalbete chiclayano que lo ilusionó y luego engañó, me destrozó el corazón. El silencio de Fabián hace un rato, sus ojos mirando a la nada, sus suspiros de soledad adulta, me desconcertaron. La seriedad de Guillermo más seriedad que de costumbre, y sus disquisiciones casi científicas acerca de la imposibilidad de amar para los gays, me descorazonaron. Nadiana, maquillando sus ojos, olvidando los aplausos que recibe en el escenario, sintiéndose sola, hombre solo detrás de sus cabellos largos y brillantes, me dejó sin voz. Y yo, fumando y esperando al hombre que aún no quiero, pero que querré con locura si él quiere que lo quiera, completaron una semana de reflexión y cuitas de amor más graves que las del joven Werther. Sabe Dios porqué, estos días se cargaron de nostalgia, de deseos de amar insatisfechos, de profundos temores a la arbitraria soledad. Fuimos presas fáciles de la pena, gays tristes y sin pareja a los que les faltó ‘Yo no nací para amar’ de Juan Gabriel y siete whiskies sin hielo para sentirse como verdaderos desgraciados. La ultima vez que me había sentido así de triste, fue el 14 de febrero. Es verdad, también es el día de la amistad, pero no nos engañemos, ese es el día de los enamorados por excelencia. Lo de la amistad fue otro invento comercial para que los solitarios como nosotros no dejemos de gastar nuestro dinero. Tenía diecisiete años cuando tuve mi primera pareja gay. Su nombre era Giovanni. Rubio, tablista, pecoso, de envidiable y goloso trasero, sin ermbargo ser más gay que Paco Ferrer era…
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